17 de enero de 2018

Novedad editorial: libro sobre mitología y religión


Mi nuevo libro se titula Mito y religión en el mundo antiguo (Pubc. Inter. Book Mark, Mauricio, pp. 497), un ambicioso proyecto de casi quinientas páginas que está a punto de ver la luz pública. Fruto de numerosas indagaciones y de no pocas estimulantes discusiones, a las que el libro debe parte importante de su prestancia, se ha intentado no solamente colmar lagunas sino, sobre todo, hacer nuevos planteamientos y generar un cúmulo de nuevas dudas. La reseña del editor comenta, al respecto, lo siguiente. “Este libro (…) supone un dinámico y actualizado acercamiento a distintos elementos propios de la religiosidad y los mitos de la Antigüedad, desde una perspectiva crítica y analítica…Una obra que presenta las peculiaridades, los modos e interpretaciones acerca de los mecanismos de la religiosidad, la función de los mitos en los registros escritos, las formas de ritualidad, los elementos constitutivos de lo sagrado e, incluso, algunos de los principales vestigios arqueológicos de las estructuras religioso-rituales. Además de en Europa y otras regiones del mundo (a través de Amazon, por ejemplo), su distribución en Iberoamérica está garantizada en México, Chile, Argentina, Brasil y Colombia. 

J.L.S.

11 de enero de 2018

La primera guerra del mundo: Ases y Vanes en la mitología escandinava



Imágenes (de arriba hacia abajo): imagen en detalle de las estelas de Stora Hammars, datadas en el siglo IX, Gotland, Suecia e; imagen de una estela de las mencionadas piedras en la que se observa a Odín en forma de águila.

El panteón nórdico presenta dos grupos de dioses que se enfrascaron en una guerra cuyo desenlace fue un pacto y el intercambio de los prisioneros. El impactante suceso mitológico que enfrenta a dos familias de deidades aparece reflejado en  el poema Völuspá y en las obras de Snorri (Ynglingasaga). La perspectiva historicista ha querido ver en este episodio una batalla real entre dos pueblos, cuyos panteones representarían ases por un lado y vanes por el otro. Los ases (procederían de “Asia”) representarían a los dioses de los invasores indoeuropeos, mientras que los vanes simbolizarían las deidades de los arcaicos pobladores del norte de Europa. La visión estructuralista señala que este episodio (como el de los Nasatya-Asvin en la mitología védica y el conflicto con los sabinos en la historia romana) sería una respuesta a una necesidad interior de la sociedad indoeuropea. Las vanes, en este caso, serían deidades de la clase productora, quienes se integrarían en la sociedad divina en el último sector jerárquico, por debajo de los mandatarios-sacerdotes y los guerreros. En cualquier caso, habría aquí también el reflejo de un conflicto histórico, que afectaría distintas clase sociales y que se produciría ahora, eso sí, en el seno de una única sociedad, la indoeuropea.
No se puede demostrar que la mitología refleje o traduzca el devenir histórico o el ámbito socio-político. Debe partirse, en consecuencia, del mito mismo, como una articulación de ideas, sentimientos, percepciones, de estímulos colectivos e individuales y de inconsciencia y conciencia para encontrar el sentido del conflicto entre ases y vanes y comprender su dinámica en el marco de la mitología nórdica.
El conflicto implica una polaridad que finaliza en un compromiso equlibrante, aunque inestable. Cada uno de los ámbitos se asocia con elementos característicos (luz-sol-día-cielo-padre, frente a oscuridad-luna-noche-tierra-madre), y ambos propician una tensión (en forma de acuerdo e intercambio) dinámica equilibrante. Los ases representan el elemento celeste, vinculado al sistema patriarcal y a una tendencia guerrera y política, mientras que los vanes refieren el aspecto telúrico (asociado a lo comunitario y al ámbito matriarcal).
Thor y Odín representan a la familia de los ases, si bien es el primero el que mejor encarna los valores de esta familia divina. En la poesía éddica y escáldica le mencionan como el más distinguido y el más fuerte de los ases. Encarna los valores de la guerra en su continua batalla contra las fuerzas inframundanas. Su presencia es arcaica, pues ya en el Edad del Bronce existen pinturas que representan al dios del martillo. La gran cantidad de ciclos de poemas a él dedicados y su continua presencia mítica confirman la intensidad de sus cultos. Muchas familias nobles reclamarán al dios del trueno, la valentía y la fuerza en el combate como ascendiente.
Odín, por su parte, tiene también peculiaridades celestes. Es un dios padre, asociado a la guerra y a los caídos en combate. Jefe de los einherjar o caídos en la guerra, pobladores del Valhall, comanda también los bersekir, esa horda de brutales guerreros vestidos con pieles de animales cuya fama de invencibles es proverbial. Su mitología es bastante escasa en tanto que su culto ni fue extendido ni tampoco frecuente[1].
Al lado del dios del martillo y el de la lanza, Thor y Odín, respectivamente, otras figuras relevantes, y antiguas, de la familia de los ases son Tyr, el dios de la espada, Heimdallr, el guardián del puente Bifrost (el Arco Iris o, tal vez, la Vía Láctea) y Ull, portador de arco y flechas. El más y mejor conocido es Tyr, una deidad del cielo caracterizado por su valentía. Es equiparado en Roma con Marte (caso del Mars Thingus). Ases menores son Vidar y Vali, ambos fuertes, valientes y buenos tiradores.
Los ases, en fin, corporalizan la mitad viril, celeste y solar de la estructura mitológica nórdica. Sus cultos se relacionan con la fuerza en cualquiera de sus manifestaciones, tanto en la de los héroes solitarios, como Thor, en la del jefe político y militar, deidad de la conquista, caso de Odín[2], o en el representante del combate individual y colectivo, como Tyr. Aspectos asociados al ámbito celeste, como la de dios padre, rey o legislador, se desdibujan frente al valor y la fuerza de las acciones bélicas.
El poder de la familia de los vanes, especialmente asociada al culto, radica en la magia, no en la fuerza física. Los Eddas caracterizan a los vanes como opulentos y sabios. Con ellos el universo mitológico nórdico conoce el ámbito nocturno y lunar, asociado a lo femenino y la tierra. Los vanes son dioses específicamente asociados a la magia, la fecundidad, la sabiduría, la paz y, por consiguiente, el contrapunto de los ases, vinculados con la guerra, la fuerza, la conquista y la organización. Sus actividades, como las de los gigantes, se vinculan con la tierra. La magia, la profecía y la adivinación (esencialmente en manos de las mujeres) son sus armas y su patrimonio exclusivo.
Entre los documentos históricos que los mencionan se encuentran la Germania de Tácito, en De Bello Gallico de Julio César y en Plutarco. En ellas se menciona el aspecto ritual y profético de las mujeres, se destaca la importancia de las fases de la luna entre los germanos y la relevancia sacra del número nueve, que se relaciona con los cultos ctónicos y agrarios[3].
Es Tácito también quien testimonia la alusión a la diosa Nerthus (madre-tierra, que coincidiría con Njord[4]) referida en asociación con varias tribus germánicas (anglos, varinos, aviones, saurines, eudones, entre otras) de la península de Jutlandia y el norte de la Alemania actual. La diosa se relaciona con el tiempo de paz, algo que ocurre también con el dios Frey, deidad especialmente unida a la riqueza, la paz y la fertilidad. Del mismo modo, reseña el culto ctónico-femenino cuando alude al bosque sacro de los naharvales o a la descripción de los estíos que, dice, veneran a la madre de los dioses y portan amuletos en forma de jabalíes[5].
La pareja Nerthus-Njord es el precedente de Freya-Frey. Njord sería el hijo-amante o amante-hermano de la diosa. La descripción de este dios refiere dos elementos característicos del ámbito telúrico, el sacerdocio (opuesto a la actividad militar) y la riqueza. Se señala que Njord gobierna altares y templos. Sabio y anciano, su destino es el retorno al seno de su madre-hermana la tierra Su asociación con el sacerdocio y las relaciones incestuosas con su hermana (de las que proceden Freya y Frey) se confirman en Ynglingasaga y en Gylfaginning de Snorri. Es un dios pacífico y pacificador; además de rico y expendedor de riqueza.
Así, el ambiente mítico de los dioses vanes aparece reflejado en Tácito en el siglo I. Se trata de la tierra, la luna, la fertilidad y, en general, el elemento femenino.
El culto a las Matronae o Matres, bien documentado arqueológicamente en la región del Rin, permite rastrear la genealogía de los genios femeninos de la fecundidad y el destino (disas, nornas, hamingias y fylgias) de la mitología nórdica. Se suelen representar estas Matronae en grupos de tres (de ahí las nornas germánicas), y se asocian a la fertilidad, la fecundidad, el destino y la protección de los hombres (sobre todo frente a las enfermedades). Determinan el nacimiento y la muerte del individuo. Es un ejemplo palpable de religiosidad centrada en la mujer, la noche y la tierra.
Se podría suponer que un extendido culto ctónico asociado a las madres ha estado presente desde tiempos arcaicos entre las poblaciones germánicas. La tradición asigna un rol significativo, de hecho, a grupos de deidades femeninas en la mitología y en el culto. En la mitología aparecen, al lado de diosas como Frigg o Freya, grupos bastante indiferenciados de deidades femeninas, Son nornas, disas, fylgias valquirias y hamingjas[6]. A todas ellas se les asocia con la protección individual y de la tribu y de ellas se espera la fecundidad humana y la fertilidad de la tierra. Acompañan a la persona desde que nace y en el momento del fallecimiento. Las nornas designan el momento de la muerte; las valquirias y las disas eligen y conducen a los muertos, mientras que las fylgias se aparecen poco antes de que se produzca el óbito. Así, como diosas de la riqueza, la fecundidad y la muerte, son rectoras del destino.
La estirpe de los gigantes[7], que fue la que primero pobló el mundo, antes de deidades y hombres, se ubica en el sector oscuro de la estructura mítica. Pertenecen al círculo de las fuerzas infernales, como el lobo Fenrir, Loki, Hel, la dama del inframundo, y la sierpe Midgard[8]. Todos ellos juntos combatirán contra los dioses la última batalla que finaliza con la destrucción de ambos grupos. Los gigantes preceden a los ases, siendo sus sucesores familiares. Entre ellos hay una evidente oposición que se materializa en enfrentamientos de distinto tipo y magnitud. Así, por ejemplo, Thor habitualmente estará matando gigantes en Jotunheim, además de ogros y trolls.
Los dioses vanes mantienen también relaciones (aunque de otro tipo) con los gigantes, esas figuras infernales, oscuras y claramente amenazantes. La mitología afirma que los gigantes poseen riqueza, magia  y sabiduría, tres aspectos clave que en el mundo divino corresponden a los vanes. La relación gigantes-vanes es de tipo afectivo, hasta el punto que Frey y Njord se casan con gigantas. Existe entre ellos, por tanto, una familiaridad, aunque no exenta de ciertas discrepancias. Loa dualidad vanes-gigantes, sus atributos compartidos y sus relaciones parecen aludir a la ambigüedad del ámbito femenino y nocturno, que se percibe como positivo y negativo a la vez. La tierra es diosa de la fecundidad y de la riqueza y también deidad terrorífica de la muerte y la putrefacción.
La relación sexual entre Freya y su hermano verifica la práctica del incesto entre los dioses vanes. Las relaciones incestuosas se relacionan con el ámbito telúrico, en tanto que suelen prohibirse en la esfera celeste. La relación íntima es no solamente factible sino también necesaria en la esfera mítica de la fecundidad. En el culto, caracterizado por un aspecto fálico y por un menadismo orgiástico, la relación Frey-Freya asume la forma de un hierogamos, propio del ámbito ctónico de la mitología. Frey patrocina la riqueza y la paz. Al igual que su padre Njord, se casa con una giganta. Para conseguirla, entrega una espada que lucha sola, lo que implica su pasividad guerrera[9]. Poderosamente enamoradizo, es un dios del amor y del deseo sexual, rasgos que afirman su pertenencia al ámbito de la fecundidad.
Freya es, tal vez, una tardía encarnación de la Madre Tierra, es la diosa de la muerte, la fecundidad, el amor. Es tanto madre como bruja[10]; por lo tanto, fuertemente ambivalente. Se relaciona también con los gigantes, de un modo pintoresco: es el objeto del deseo de las fuerzas inframundanas.
Freya es la diosa en sí misma, el principio femenino per se. Las demás diosas son únicamente matices o metamorfosis. Aunque su marido es Od, el único matrimonio que parece evidente es el de Freya-Odín, o Tierra Madre y Dios del Cielo. Los nombres teóforos, la arqueología y la propia mitología sugieren que la religión germánica se fundamenta en un inicial enfrentamiento y posterior pacto entre los dioses ases, que representan el cielo y el aspecto viril, y las deidades vanes, simbolizadoras del lado femenino y telúrico. Pero es este dominio telúrico el que se observa de modo continuo en la religión germánica. Las imágenes de tríadas femeninas nórdicas, protectoras de la vida, ejecutoras de la muerte, y vinculadas a Freya, delatan la persistencia de un culto que se asocia directamente al ámbito telúrico de la mitología.
La guerra entre ases y vanes, con su paz posterior, describe la pugna de dos fuerzas del Universo. El conflicto no es un recuerdo histórico ni el reflejo de las peculiaridades sociales de las poblaciones de estirpe indoeuropea o la transcripción de fenómenos naturales. Cuando la mitología escandinava empezó a convertirse en historia de la cultura, particularmente a través de Snorri Sturluson, este conflicto, narrado en forma de aventura primaria, se convierte en el comienzo de la verdadera historia sacra germánica. El ámbito cultural nórdico imagina la historia como dramáticas confrontaciones continuadas de carácter bélico, siendo el universo el campo de batalla. De ahí, que las fuentes mencionen el conflicto como la primera guerra del mundo, Se trata, en consecuencia, del origen, de los inicios.
En la cosmovisión germánica existe una inicial, y extrema, separación entre los polos de la estructura mítica. La confrontación de esos dos grupos, y el pacto final tiene como objetivo último la síntesis implicativa de las dos fuerzas constitutivas. No existe ni mundo ni sociedad si las dos fuerzas permanecen alejadas o se mantienen en continuo enfrentamiento. La cultura será la paz entre ambos sectores. Hay una concepción práctica de la realidad cuya valía reside en el enfrentamiento dialéctico. Los valores antagónicos de cada polo-sector-grupo divino son específicos (tienen sus características esenciales) y no se pueden ni eliminar, yuxtaponer o confundir. La firma de la paz no trae consigo la conformación de una nueva familia homogénea, sino que la división entre vanes y ases, considerada esencial, se mantiene. No obstante, debe haber un ámbito simbólico de unión entre ambas fuerzas en conflicto. En tal sentido, los sacrificios de Mímir y Kvásir[11], que sirven para obtener una elevada sabiduría, buscan la vinculación íntima entre la poesía y la sabiduría con la guerra y la paz entre vanes y ases.
A través de ases y vanes, en fin, se instaura el orden mítico y religioso que cubre los sentimientos, valores y pensamientos de un pueblo. Tras el conflicto se establece una articulación que mantiene las diferencias pero, a la par, evita nuevos conflictos. El artificio poético será el símbolo del acuerdo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Enero, 2018



[1] Como el Dios del disfraz y la máscara, los episodios míticos a él referidos mencionan la mentira, la traición, el abuso y la astucia. Algunos aspectos que habitualmente se le atribuyen fueron bienes conseguidos a lo largo del proceso mitológico
[2] Mientras Odín y Thor son jefes nómadas, Njord y Frey serán ricos monarcas sedentarios.
[3] Recuérdese al respecto los nueve pasos de Thor antes de morir en el Ragnarok, las nueve noches del sacrificio de Odín o las nueve madres de Heimdallr.
[4] La diosa produce la paz y aleja el hierro (la guerra). Refiere, por tanto la paz y la ausencia de conflicto armado.  La exclusión del metal se aprecia también, precisamente, en el culto a Njord.
[5] En la mitología nórdica el jabalí es el animal de Frey, dios van. Este animal se vincula con la fertilidad y el inframundo.
[6] Las nornas riegan y cuidan el árbol del mundo, llamado Yggdrasil; por tanto, sostienen el mundo. Rigen los destinos humanos.
[7] Los gigantes no son aquí, necesariamente, una antigua generación de dioses vencidos, ni deidades demonizadas de las poblaciones sometidas por los germanos.
[8] La serpiente, el lobo y la señora del inframundo son hijos de Loki y la giganta Angrboda.
[9] El medio efectivo por el que consigue a Gerd, la giganta, es la magia y la hechicería (ni la fuerza ni las promesas de riqueza), asociada a Freya y a lo femenino.
[10] Según los testimonios de César y Tácito, en el mundo germánico, la mujer se relaciona de manera íntima con la adivinación y la magia y, en consecuencia, con la sexualidad. En la tradición nórdica la völva es una mujer que pude rememorar el pasado y adivinar el porvenir. Según el Edda Mayor, la capacidad profética pertenece exclusivamente a las diosas (Freya, Frigg, Idunn, Gefiunn) y a las völvas.
[11] Ambas figuras míticas representan el conocimiento; por un lado el que se posee, y por el otro el que se transmite. No son ni estrictamente ases ni puramente vanes. Poesía y sabiduría testimonian, así, la paz entre los dos ámbitos, el nocturno y el diurno.

3 de enero de 2018

Crátera de Piritoo e Hipodamia


En la imagen una crátera de cáliz (vasija para mezclar el vino con el agua) del Pintor de Hipodamia, fabricada en Apulia y datada entre 350 y 340 a.e.c. Se pueden apreciar dos registros de decoración figurada con diferentes, pero tal vez relacionadas, escenas.  Hagamos una lectura. El registro inferior muestra el resultado trágico de la fiesta nupcial de Piritoo, el rey de los Lapitas y su esposa Hipodamia. Uno de los centauros invitados a la fiesta ha bebido demasiado vino (sugerido por la presencia de una vasija metálica entre sus patas), y captura a Hipodamia. Ella se gira y apela a Piritoo, a su izquierda, mientras en la derecha, un amigo del anfitrión, el gran Teseo de Atenas, levanta su maza con muy aviesas y diáfanas intenciones. En el lado opuesto una mujer lapita huye aterrorizada, tal y como parece expresar la posición de sus brazos. El registro superior se me antoja mucho más enigmático. El centro de la escena está dominado por lo que parece un alto y ricamente decorado tálamo, con un escabel al lado. Delante permanecen dos mujeres, a la izquierda una sirviente (con cierta afectación), y a la derecha una dama en pose sensual, “provocativa”, con sus manos detrás de su cabeza, atendiendo, tal vez, a su cabello. El grupo central es flanqueado a la izquierda por una anciana (quizá sirvienta), que levanta sus brazos y abre su manos en una expresión de horror o de desánimo. Permanece detrás de una mujer con un velo sobre la parte posterior de su cabeza, y con las piernas cruzadas y las manos agarradas sobre las rodillas. A la derecha de esta figura, Eros manteniendo una guirnalda o algo afilado. En el extremo diestro de la escena, se observa un anciano con un bastón, una clámide y botas altas que habla a una mujer que coloca su mano sobre su boca en actitud desanimada o preocupada. Estos personajes y sus acciones parecen sugerir una escena de un drama trágico. Si hubiese aquí un reflejo (o una versión) del Piritoo de Eurípides, podrían conectarse ambos registros: la escena superior podría referirse a los preparativos de la novia antes de la fatídica fiesta. Una vasija, en fin, de gran belleza, con figuras en poses elocuentes y colores adicionales sugerentes. Incluso algunas técnicas pictóricas asoman con prestancia, como el sombreado de la vasija de metal y las vistas en perspectiva, de arriba y abajo en las piezas del mobiliario. No sería de extrañar que hubiese habido algún tipo de referencia en la pintura monumental que, por descontado, desconocemos.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Enero, 2018.

28 de diciembre de 2017

La política expansiva del imperio Han hacia el sur de China

El gobierno del emperador Wu Di (141-87 a.e.c.), trajo consigo estabilidad económica y política. Hacia 115 a.e.c. la amenaza del norte había sido significativamente reducida, de modo que el interés se centró en un ambicioso plan de expansión territorial hacia nuevas y distantes zonas. En 108 los Han estarían controlando buena parte de la península de Corea en el noreste, el corredor del Gansu en el noroeste, Yunnan en el suroeste, Lingnan en el sur (lo que hoy es Guangdong y Guangxi), así como el norte y centro del Vietnam actual.
La política expansionista incluía la transferencia de colonizadores, el establecimiento de colonias militares y pequeñas guarniciones que protegiesen las rutas comerciales. El poder sería ejercido, localmente, a través de comandancias, que controlarían grandes territorios bajo el liderazgo de un gobernador, en ocasiones asistido por un comandante militar, aunque responsable tanto de los asuntos militares como civiles.
Los administradores Han, así como los soldados, colonos y comerciantes que habitaban en las comandancias periféricas, solían ser sobrepasados en número por los habitantes nativos quienes, muchas veces, se alzaban en violentas revueltas en contra de la presencia Han.
Las muchas poblaciones nativas encontradas en el curso de la expansión encajaban en una visión del mundo sinocéntrica cuyas raíces se encontraban en la dinastía Zhou. La geografía cultural reconocía un núcleo político y cultural rodeado por cada vez más grupos menos civilizados  cuanto más hacia la periferia se mirase.
El proceso expansivo condujo a la incorporación en 111 a.e.c. de Lingnan en la esfera político-administrativa china, un hecho que se repitió en Yunnan un par de años después. La expansión en ambas áreas incluyó la presencia de ejércitos y oficiales Han así como la de diferentes poblaciones nativas. Hubo rasgos comunes en las dos expansiones. En ambos casos los chinos encararon serias dificultades al desplazarse por un territorio con gran diversidad étnica y geopolítica. La topografía montañosa y el clima que se encontraron las tropas, los oficiales y demás migrantes fue una dificultad de gran relevancia. En el sur y el sureste, la oficialidad Han manejó las nuevas comandancias establecidas habitualmente de modo indirecto por medicación de líderes locales nativos. En Yunnan y Lingnan el gobierno Han se mantuvo, a veces precariamente, a través de interminables ciclos de rebeliones locales, muchas de las cuales propiciaron agrios debates en la corte en relación a la conveniencia de mantener una presencia en regiones distantes.
La evidencia de asentamientos y enterramientos sugiere un proceso de sinización, iniciado en época de Han Occidental y culminado en el período Oriental.
Tras la victoria, en 221 a.e.c. de Qin sobre los últimos vestigios de reinos independientes en China, el emperador despachó varios ejércitos hacia el sur. Cuatro de ellos se dirigieron directamente a Lingnan (Guangdong y Guangxi),  una región, a la sazón, distante e insalubre, habitada por varias tribus iletradas que solían ser conocidas en ese tiempo como las Yue. Las tropas Qin avanzaron a Lingnan no sin encontrar obstáculos, en especial el ofrecido por la resistencia de la población Yue nativa que lograría acosar las tropas imperiales. Sólo en 214 a.e.c. los Qin disfrutaron de algún éxito en el sometimiento de las poblaciones nativas de Lingnan, siendo entonces capaces de establecer tres comandancias (Nanhai, Guilin y Xiang, en los actuales territorios de Guangdong, Guangxi y la porción norte de Vietnam), cada una de ellas encabezada por un gobernador y un comandante militar. 
La muerte del Primer Emperador de Qin en 210 a.e.c. fue seguida por la pérdida de control del gobierno central sobre las regiones sureñas. En consecuencia, Zhao Tuo, un general Qin en Lingnan, vio la oportunidad de establecer su autoridad sobre las tres comandancias, proclamándose él mismo como el monarca del nuevo, e independiente reino, de Nanyue.  Zhao Tuo estableció su capital en Panyu, cerca de la actual ciudad de Guangzhou.
Reinó durante unos setenta años, hasta su muerte en 137 a.e.c. Adoptó las costumbres Yue y elevó a varios nativos a la dignidad de generales y oficiales. Su relación con los monarcas Han del norte estuvo marcada por períodos en los que rehusaba reconocer la soberanía Han. Incluso empleó fuerza militar para expandirse hacia territorio Han. En 112 a.e.c. el emperador Han Wu Di despachó una operación militar contra Nanyue, aprovechando una revuelta Yue. Este movimiento le permitió anexionar el reino al imperio y subdividirlo en nueve comandancias, de las cuales cuatro estaban en Lingnan (Nanhai, Yulin, Hepu y Cangwu), dos en la isla de Hainan (Zhu’ai y Dan’er), y otras tres en el Vietnam del centro y norte (Jiaozhi, Rinan y Jiuzhen).
Es muy probable que la expansión china hacia Lingnan fuese impulsada desde el principio, al menos en buena parte, por motivos comerciales más que por expresos impulsos civilizatorios. Para los dinastas Han, los productos deseados incluían cuernos de rinoceronte, colmillos de elefantes, plumas de Martín Pescador, perlas, caparazones de tortuga, ropas, plata, cobre, frutas y esclavos, todos ellos productos propios de regiones al sur de Lingnan. La conquista de Lingnan por Wu Di en 111 supuso el traslado de oficiales chinos al lugar para supervisar el comercio marítimo.
Si bien Panyu permaneció como un puerto de primer orden, otros puntos de embarque principales parecen haber sido localizados más al sur, en Hepu, al sur de Guangxi, y en Xuwen (Guangdong meridional), así como a lo largo de la costa septentrional de Vietnam.
La política expansionista de Wu Di se asoció con la extensión de las relaciones mercantiles con tierras todavía más distantes. La región no atrajo tantas gentes chinas como se podría pensar por la mala fama de estas regiones, consideradas como remansos de aguas pantanosas que producen enfermedades como la malaria, y por ser lugares en donde se exilaban criminales.
Los textos no aclaran si los oficiales Han en Lingnan se vieron forzados a confiar en ocasiones en las tropas Yue para controlar las rebeliones locales en algunas comandancias, algunas de las cuales resultarían desafectas por culpa de oficiales inescrupulosos. Hacia el siglo II, la tarea de administrar las comandancias de Lingnan había sido dejada en manos de oficiales locales, que se encargaban de cobrar los impuestos y de supervisar el comercio, no de “civilizar” a los Yue.
Entre los siglos VI y III a.e.c. han aparecido en más de doscientas tumbas en fosa verticales diversas cerámicas utilitarias, herramientas de bronce, armas, así como algunos bronces elaborados y campanas que pudieron ser importados (o copiados) del reino de Chu. La presencia de objetos elaborados en las tumbas más ricas, combinado con artefactos de estilos locales, no sugiere la presencia de oficiales de Chu en Lingnan, sino la existencia de elites locales que emulaban los estilos septentrionales y pudieron estar en contacto con Chu. Esta posibilidad surge de la concentración de tumbas en la zona norte de Lingnan.
La evidencia de una ocupación permanente está presente en un número de sitios del período Han a lo largo de Lingnan. El más destacable sitio de habitación es el llamado Palacio Nanyue, localizado en la parte baja de Guangzhou. En lo que parece haber sido un jardín de un palacio han aparecido multitud de ladrillos y azulejos, algunos de ellos decorados con marcas de cordajes e inscritos con caracteres, que incluyen los correspondientes a varios títulos oficiales, indicando un sistema administrativo similar al de la dinastía Han. Otros artefactos incluyen herramientas, armas, monedas (algunas del reinado de Wendi, 179-157 a.e.c.) y vasijas cerámicas, algunas de las cuales presentan nombres de lugares impresos.
En Guangdong oriental se encuentran un par de sitios de relevancia. Uno de ellos, de época Han Occidental, es el lugar de Shixiongshan, en donde los arqueólogos han identificado en las laderas de una colina restos parciales de un corredor y dos pequeñas edificaciones. El otro, el sitio de Guishan, presenta materiales distribuidos entre varias terrazas excavadas en una colina, que consisten en vestigios de edificios, un gran número de azulejos, incluyendo algunos de suelo, vasos cerámicos y unos pocos objetos de hierro y bronce.
En el norte de Guangdong deben destacarse otro par de yacimientos. El primero es el sitio de Zhouzi, cerca de la ciudad de Lechang, en donde los arqueólogos han identificado los restos de una muralla (del período Han occidental); el segundo es el yacimiento de Litouzui, ubicado en el condado de Shixing, y en el que destaca una muralla con un perímetros de casi medio kilómetro que rodeaba un área de forma triangular. Ambos sitios fueron localizados en comandancias al norte de Lingnan.
A lo largo de la línea costera meridional de Guangdong, en el condado de Xuwen, los sitios en las villas de Erqiao y Shiwei conservan restos arquitectónicos. En ellos se hallaron azulejos con caracteres inscritos, así como un sello en bronce con una inscripción de cuatro caracteres.
En el norte de Guangxi es relevante el yacimiento Wangcheng, localizado al norte de la comandancia de Yulin. En él se ha revelado la presencia de una muralla, puertas, un foso defensivo y diversos otros restos arquitectónicos dentro del recinto amurallado. Las investigaciones sugieren a los arqueólogos que la función principal del sitio fue la de servir como puesto militar.
En relación a las tumbas en Lingnan en época Han puede decirse que las del período Occidental suelen ser usualmente fosos verticales que contenían ataúdes de madera, mientras que en la etapa Oriental de incrementaron notablemente las tumbas con cámaras de ladrillos. En términos generales, la tendencia de la práctica funeraria es esencialmente Han en naturaleza. Los bienes funerarios incluían espejos, objetos laqueados, incensarios, figuras humanas, modelos cerámicos de aves, animales domésticos, graneros, viviendas y algunas herramientas de hierro.
Las tumbas Han en Guangdong mantienen varios artefactos que refuerzan la relevancia de los contactos con áreas al sur de Lingnan. Incluyen modelos cerámicos de viviendas apiladas (un método constructivo que todavía es visible en el sureste de Asia), modelos de botes y de grandes barcos en cerámica y madera y lámparas cerámicas asentadas sobre cabezas humanas con torso desnudo y largas narices, rasgos que sugieren su pertenencia a algún lugar del sudeste del continente asiático. Tanto los barcos como las lámparas son hallazgos comunes en las tumbas de Guangzhou del período Han.
Entre las tumbas que datan del período Nanyue destaca la de Zhao Mo, segundo soberano del reino de Nanyue, en Guangzhou. En ella se encontraron quince sacrificios humanos entre más de mil objetos diversos, que incluían sellos de jade y de oro, placas discos y figurillas de jade, campanas de bronce, contenedores de alimentos de varios tipos, una placa de vidrio y una vasija de plata. La presencia de trípodes ding de estilo Yue, así como de calderos de bronce, ilustran el mantenimiento de las tradiciones locales y regionales, como ocurre con el uso continuado de las campanas goudiao y la práctica funeraria del sacrifico humano. La presencia de vasijas del plata y vidrio, así como de objetos de marfil y perlas de varios tipos indican el contacto con regiones distantes.
Otro par de grandes tumbas del período Nanyue fueron encontradas en Luobowan, en el sur de Guangxi. Se trata de tumbas en foso con una rampa y con ataúdes de madera. El mantenimiento de las tradiciones locales se observa en la presencia de varios tipos de vasijas cerámicas, campanas de bronce, un tambor, también en bronce, además de las prácticas de los sacrificios humanos.
La distribución de las tumbas es muy relevante. Concentraciones de enterramientos se encuentran en Guangzhou, a lo largo de las líneas costeras y los ríos mayores, una distribución acorde a las referencias históricas al comercio, a la comunicación y la defensa. Otros concentraciones se observan a lo largo de la costa en Hepu y Xuwen (dos localidades mencionadas en los textos como relevantes puertos y productores de perlas durante el periodo Han).
El proceso de sinización atestiguado en Lingnan a lo largo del período Han se evidencia en los cambios en el comportamiento funerario, la arquitectura funeraria, la tipología y estilos de los artefactos, así como en el nuevo sentido de sensibilidad estética que se expresa por medio de jardines y estanques. La presencia de objetos de comercio exóticos (piedras preciosas o vidrio), o bien útiles que derivan de las condiciones locales, como los botes y los modelos de viviendas superpuestas, no significa un rechazo a las prácticas Han.
El siglo II a.e.c. atestiguó la gradual y, a la par, ardua expansión de los Han hacia el suroeste, una región que los textos delinean como geográficamente distante, militarmente inestable y étnicamente diversa. Todas las referencias textuales a esta expansión son posteriores al establecimiento de comandancias Han en el suroeste durante la segunda mitad de ese siglo. Las razones del empuje hacia lo que en la actualidad son las provincias de Guizhou y Yunnan fueron muy variadas. Incluían ambiciones territoriales e incentivos económicos.
Hacia el final del IV y comienzos del III siglo a.e.c., se puede constatar en los textos como el general de Chu, Zhuang Qiao, conquistó la tribu conocida con el nombre de Dian, en los que hoy es el Yunnan oriental[1]. Las referencias a la comunicación entre las tribus del suroeste durante la segunda centuria a.e.c. revelan el conocimiento Han, además del interés, de las redes comerciales. El comercio privado pudo haber vinculado a varias tribus del suroeste, como los Ba o los Shu (situados en el Sichuan actual), con los Dian. En el caso de ambos pueblos mencionados, el comercio incluía caballos, siervos y yaks.
Los Dian acabaron sucumbiendo a la expedición militar Han en 109 a.e.c., que fue el momento en el que se estableció la nueva comandancia de Yizhou. En esa época de la conquista se decía que los Dian tenían ciudades y asentamientos, así como un centro político localizado en el territorio en el que se establecería la comandancia de Yizhou. Se comentaba que los Dian eran agricultores sedentarios que practicaban la cría de animales.
En cualquier caso, la heterogeneidad cultural de la comandancia de Yizhou se desprende de los textos, que mencionan numerosos grupos étnicos cuya variedad estriba en sus costumbres y actividades de subsistencia.
El gobierno indirecto de los Han a través de líderes nativos se creía que era el método más efectivo y menos costoso de expandir el territorio imperial en regiones distantes. La ausencia de referencias textuales, por otra parte, refleja una ausencia de interés Han en la vida y la sociedad nativa. Tal gobierno indirecto tuvo evidente éxito en la creación de una base administrativa cuyos objetivos incluían el establecimiento de prefecturas y la documentación del número de pobladores nativos.  
El interés en el liderazgo (y en la población nativa), dependía de la necesidad de cobrar los impuestos en grano, sal u otros productos. A pesar de todo este control siempre hubo inestabilidad y peligros en estas zonas. Así, los textos (Han Shu en concreto), mencionan, al menos, siete grandes rebeliones nativas entre 105 a.e.c. y el último cuarto del siglo II. Estos hechos reflejan la presencia de un sistema marcado por la ausencia de una suficiente presencia Han capaz de controlar el descontento de la población nativa o de mitigar los conflictos que se producían entre muchas tribus de la región.  
La necesidad de enviar campañas punitivas cada cierto tiempo crearía arduos debates entre los oficiales Han en relación a si era conveniente o no establecer un gobierno permanente en una región cuya orografía montañosa y su remota ubicación dificultaban mantener una comunicación efectiva.
Los textos de la época de los Han Orientales hablan, de hecho, de tribus que vivían más allá de los límites de la China actual, quienes deseaban ser reconocidos como estados tributarios y estaban preparados para ofrecer a los Han regalos en forma de objetos de marfil, búfalos de agua, oro y borlas de pelo de yak. Fuese por la esperanza de obtener beneficios económicos de un futuro comercio o por temor a la ocupación militar Han, los deseos de estas poblaciones no reflejaban, necesariamente, un respeto por la civilización china.
Desde un punto de vista arqueológico los dos cementerios mejor conocidos y con más ricas tumbas en el área central de los Dian son los de Shizhaishan y Lijiashan.  En la periferia de la zona de la cultura Dian los cementerios son más pequeños, destacando los de Pujuhe y Batatai. Hacia el comienzo del período Han Occidental los ricos conjuntos funerarios Dian consistían principalmente de vasijas cerámicas y objetos en bronce. Entre estos últimos se incluyen una gran variedad de herramientas y armas, además de pequeñas figurillas, ornamentos diversos, piezas de armaduras y placas, algunas de ellas decoradas con escenas de combate entre animales. También son habituales los muy decorados tambores de bronce y los contenedores hechos con conchas de moluscos.
Si bien todos esos objetos son identificados como Dian, parece claro que algunos, sobre todo armas y vasijas, muestran rasgos generalizados en otras partes de China, lo cual incluye las tradiciones centro-septentrionales chinas. No hay duda de que la conquista Han fue asociada con un incremento en el número de artefactos chinos (o de copias de los mismos) en algunas de las más suntuosas tumbas Dian. Es el caso de espejos, monedas, jades, ciertos tipos de vasijas de bronce y sellos. En el periodo Han Oriental los modos funerarios parecen testimoniar una relativamente rápida transición hacia los conjuntos funerarios que consisten principalmente de artefactos típicos de los Han Orientales en otras regiones de China. Se incluirían en este caso, monedas, espejos, vasijas cerámicas y en bronce, incensarios, lámparas, modelos cerámicos de seres humanos y objetos asociados con las actividades productivas y domésticas.
Los conjuntos funerarios de los Han Orientales suelen vincularse con las tumbas de ladrillo de estilo Han, que reemplazan las tumbas en foso verticales de la cultura Dian en el Yunnan oriental[2].
En el área de Zhaotong, al noreste de Yunnan,  se han hallado un gran número de tumbas. Algunas de aquellas con cámaras en la zona, propias de Han Oriental, algunas veces han sido excavadas en las vertientes de los acantilados. 
Los procesos expansivos y sus resultados en Lingnan y en Yunnan parecen genéricamente similares, pues los aspectos clave están presentes: gobierno indirecto, incentivos económicos, levantamientos nativos, políticas civilizadoras, inestabilidad. No obstante, la arqueología sugiere ligeras diferencias en ambas trayectorias en lo tocante a la cada vez mayor homogenización y sinización a lo largo del período Han.
En contraste a Lingnan, en donde esos procesos son evidentes incluso antes de los Han, los restos de enterramientos de estilo Dian permanecen presentes al menos un siglo después de la acción conquistadora Han. A causa de que los oficiales chinos prefirieron, tal vez, un enterramiento de estilo Han, es probable que las ricas tumbas Dian fuesen aquellas de los líderes nativos que podrían haberse beneficiado de la política de gobierno indirecto Han asociándose con los oficiales Han y actuando como intermediarios de su propio pueblo.
Entre los rasgos de la expansión Han debe destacarse el tamaño del Imperio, incluso mayor que el romano y comparable con el aqueménida y el alejandrino, y cómo en el curso de la dinastía, tanto Occidental como Oriental,  los emperadores Han fueron capaces de mantener la integridad geográfica de un territorio que incluía porciones de Corea y Vietnam.
Un rasgo significativo de la presencia china en Yunnan y Lingnan durante la etapa Han parece haber sido la aparente inhabilidad de la oficialidad centralizadora para establecer relaciones estables con las poblaciones nativas. Las historias de ambas regiones hablan de regulares levantamientos y de debates cortesanos relativos a lo inadecuado o no de ocupar regiones tan distantes. El paisaje cultural, de hecho, permaneció fragmentado y poblado por varios grupos étnicos no asimilados, algunos de los cuales infligían pérdidas importantes a los chinos en épocas de batallas.
Aunque la expansión china hacia el sur y suroeste pudo haber sido inicialmente conducida por ambiciones territoriales y motivaciones económicas más que por un celo en civilizar distantes bárbaros, la necesidad de recaudar tributos y pacificar las poblaciones locales condujo, al menos en apariencia, después de algún tiempo, a llevar a cabo esfuerzos para hacer más chinas a esas poblaciones a través de la educación.
Parece claro que algunos reyes y jefes tribales, tanto en Yunnan como Lingnan, se beneficiarían de sus asociaciones con los oficiales Han. La evidencia mortuoria ayuda a ilustrar el avance Han en ambas regiones, al igual que arroja luz sobre el proceso de homogenización cultural y de sinización vinculado con el avance en tales regiones. Los datos disponibles permiten apreciar diversos escenarios, todos los cuales, se ha sugerido, soportan un modelo de dislocalización económica y cultural entre los comunes, de un lado, y los chinos y sus agentes nativos locales, del otro. La sobrevivencia de variadas identidades étnicas a lo largo de las periferias del sur y suroeste, hasta el día de hoy, sugiere que las costumbres y creencias dividían más que unían, a los muy diferentes sectores chinos e indígenas de la población que habitaba en tales territorios.
En definitiva, la imposición de un gobierno centralizado se combinó con un gran número de movimientos poblacionales de gentes Han hacia la periferia sur para proveer con ellos mayores oportunidades de integración.

Prof. Dr. Julio López Saco.
UCV-UCAB. FEIAP-UGR. Diciembre, 2017



[1] Un pasaje del Shiji, datado en 122 a.e.c., reporta la situación de los emisarios Han que intentaron cruzar el territorio Dian en busca de una ruta comercial terrestre hacia el reino indo-griego de Bactria, en el actual Afganistán, a través de India. 
[2] Las tumbas de ladrillo de los Han Orientales están habitualmente cubiertas por un elevado montículo de tierra y, en ocasiones, asociadas con estelas de piedra inscritas, un factor que podría sugerir que el propietario de la tumba era “chino”. 

19 de diciembre de 2017

Vídeos (XV). Del mito a la razón


Vídeo documental en el que se traza la historia de la ciencia desde la antigüedad hasta nuestros días. Muy valioso. J.L.S.

9 de diciembre de 2017

Iberos en la Península Ibérica: organización, economía y sociedad (II)



En las imágenes (arriba), la Dama de Baza, hallada en la necrópolis de Baza, Granada. Atribuida a los bastetanos, ha sido datada en el siglo IV a.e.c; y (abajo), tésera de hospitalidad celtíbera de Uxama (Osma), Soria. Hoy se exhibe en el Museo Numantino de Soria.

En términos muy generales se podría distinguir entre los iberos una aristocracia militar, el conjunto de la población libre, en esencia campesina, campesina y que sería el fundamento de los ejércitos y, tal vez, un grupo de esclavos[1]. Este es, en cualquier caso, un esquema genérico muy poco clarificador. La aristocracia basaría su prestigio en su rol militar, y en su riqueza económica, que provendría de la tierra y la ganadería entre los pueblos del interior, así como del comercio entre los costeros.
Además de una más que presumible atomización política, algo característico de las poblaciones iberas sería la mentalidad heroica y aristocrática, que busca esencialmente el prestigio personal por acometidas audaces que por empresas concienzudas y planificadas. Estos rasgos parecieran ser los que caracterizan la sociedad ibérica, pues en ella, a pesar de la consolidación de las urbes, los vínculos interpersonales, tanto de parentesco como de clientela, de seguro desempeñaron un papel relevante en la articulación social.
A la cabeza de la sociedad se encontraría una rica aristocracia, representada por los reges, principes, basileis y senatus, cuyo patrimonio procedería de la posesión de ganado y tierras, así como de la práctica de actividades mercantiles y la piratería. Luego, habría un extenso grupo de personal dependiente de esta aristocracia, dentro de la propia ciudad, que le ayudaría a cimentar su poder político y que, casi con seguridad, los acompañarían en el combate. Inmediatamente por debajo de ellos, se encontrarían los individuos (al modo de los que se pueden ver en grupos en ciertas cerámicas de Liria, con cota de mallas, lanzas y escudos), que pudieran configurar una suerte de falange que combatiría a las órdenes de los aristócratas.
Desde la perspectiva política, entre los iberos se alternaban la monarquía y las formas, digamos, republicanas. Se conocen relativamente bien algunas monarquías ibéricas, como es el caso de la de Indíbil y Mandonio sobre los ilergetes y otros grupos, como ausetanos y lacetanos. Según Polibio ambos son basileis, en tanto que según Livio, serían reguli y principes. Primero fueron aliados de los cartagineses, para posteriormente serlo de los romanos. En cualquier caso, la alianza de ambos reyes con los romanos fue inestable[2] y se sublevaron en determinadas ocasiones, particularmente con la intención de saquear.
La monarquía ilergete se extendía sobre un grupo de ciudades y populi, aunque no semeja ser igual a las monarquías turdetanas. Pareciera estar fundamentada en el ámbito militar que en cualquier otro factor, un hecho que recuerda más los caudillajes galos (incluyendo la dualidad regia del vergobret), que las monarquías ibéricas. Esta monarquía se constata con posterioridad a sus famosos reguli, cuando Catón reciba a Bilistages, rey ilergete.
Otra monarquía que se atestigua en las fuentes es la de los edetanos, entre los que destaca Edecón. Igualmente, primero aliada de los cartagineses, esta monarquía cambió su actitud y acabó pasándose a los romanos de Escipión una vez que cayó Cartago Nova.
Un rey también conocido es Amúsico, un régulo de los ausetanos partidario de los cartagineses. Muy a finales del siglo III a.e.c. hacia 205, los ausetanos aparecen ya bajo el mando de los reyes ilergetes Indíbil y Mandonio.
Las monarquías ibéricas parecen haber sido francamente inestables. El soberano viviría rodeado de familiares y de un grupo, más o menos numeroso, de clientes y amigos que lo acompañarían en las embajadas y también en las guerras. Esta familia real podía ser desalojada del poder o verse forzada a salir de la ciudad o poblado sobre el que reinaba. Su mantenimiento en el poder dependía mucho, muy probablemente, de su fortuna militar. Es posible, aunque no haya evidencias al respecto, la existencia de algunas reglas sucesorias. De hecho, quizás los matrimonios con algunas princesas les confiriesen un lugar preferente en la sucesión dinástica.
Ciertas comunidades ibéricas parecen haber estado gobernadas por consejos aristocráticos, presididos por magistrados. Parece haber sido el caso de los volcianos, que acogieron mensajeros romanos tras la caída de Sagunto. Los bargusios parece que tuvieron también un consejo análogo. Tales consejos estarían compuestos por aristócratas. En las regiones del interior, un tanto más autárquicas, harían las veces de verdaderos patres familiarum. En todo caso, la existencia de los consejos, con su portavoz al frente (el más anciano, por ello investido de autoridad y experiencia) no es incompatible con las monarquías militares. De hecho, el clima de guerras generalizado que implicó la conquista romana debió favorecer el desarrollo de tales monarquías de la mano de carismáticos líderes, especialmente duchos en la guerra.
La constitución saguntina se asemeja algo a la de las ciudades griegas. Se trata de una las primeras ciudades iberas en acuñar moneda, en tanto que su clase dirigente debió estar conformada por propietarios agrícolas y comerciantes. Cuando se produjo el ataque de Aníbal, Livio comenta acerca de la presencia de un senado y de un pretor en la ciudad[3]. Es factible pensar, en consecuencia, que la constitución saguntina era la propia de una república aristocrática (tal vez por influencia de Ampurias o de Marsella), o quizá como producto de la evolución de la sociedad local.
Alrededor de la fides se organizaban varias instituciones, como era el  caso del hospitium, la clientela y la devotio. Todas ellas jugaban un relevante papel en las relaciones socio-políticas en el mundo ibérico, lo mismo que en las de otros pueblos prerromanos. Estas instituciones poseían en la Península  ciertos diferentes matices a aquellos de las instituciones romanas. En la Península Ibérica se conoce, gracias a las fuentes epigráficas y literarias, la existencia de múltiples pactos de hospitalidad y clientela fundamentados en la fides (esto es, en la buena fe o la mutua confianza que debía presidir las relaciones entre personas y entre estados)  así como la presencia de una peculiar institución, los devotos o soldurios.
Las inscripciones, mayormente sobre bronce, que refieren pactos de hospitalidad y clientela, se conocen con el nombre de tesserae hospitales o tabulae hospitales. Abundan en la Península desde el siglo I a.e.c. y se continúan en las primeras centurias imperiales. Estos pactos de hospitalidad y clientela eran alianzas o tratados que vinculaban  dos partes: o bien dos personas o un par de comunidades, o bien un individuo y una comunidad. La diferencia entre hospitalidad y clientela, desde la perspectiva del derecho romano, era que el pacto de hospitalidad (hospitium), se contraía sobre un plano de igualdad para las dos partes, en tanto que la clientela suponía en sí misma una desigualdad, pues una parte tenía más poder que la otra. En la hospitalidad ambas partes se concedían derechos y deberes recíprocos, mientras que en la clientela, el sector poderoso, es decir, el patronus, poseía el derecho de obsequio y el deber de asistencia hacia la parte débil, el cliente, el cual, a su vez,  debía al patrono apoyo de todo tipo, militar, social o electoral.
El caso de fides más antiguo que se conoce en Hispania es el de los saguntinos. Al respecto, Livio menciona una fides socialis, que mantuvieron hasta su destrucción final.  Los reyes Indíbil y Mandonio tuvieron también, en principio y según Polibio, un pacto de fidelidad y clientela con Aníbal y los cartagineses, que posteriormente cambiaron por otro con el general romano Escipión. Una clase especial de clientela fue la militar, en función de la cual un patrono con mucho poder podía reclutar una tropa entre sus varios clientes. De hecho, los políticos de mayor importancia tuvieron clientelas en Hispania.
Una institución esencialmente hispana, y específicamente ibérica, fue la de los devotos (soldurios). Se trataba de un tipo especial de clientela, cuya sanción se llevaba a cabo por mediación de un juramento religioso por el cual los soldurios se comprometían a no sobrevivir a su jefe si este fallecía trabando combate. A cambio de semejante fidelidad extrema, los devotos participarían de modo preferencial en el botín así como en los honores que se derivasen de una victoria militar. La institución, por consiguiente, proporcionaba séquitos de íntima fidelidad hacia jefes y generales. Además de Sertorio, también Augusto, al principio de su mandato, empleó soldurios hispanos como guardia personal.
La devotio ibérica se diferenciaba de la romana de un modo patente. En el caso romano, el general de un ejército se consagraba a los dioses infernales para asegurar la victoria de su ejército a cambio de su propia vida, mientras que en el caso hispano, los soldados que se consagraban unían inextricablemente sus vidas a las de su comandante.
En relación a la religiosidad ibérica, aunque parece evidente una influencia de cultos fenicios y púnicos sobre la religión turdetana y bastetana, en la zona ibérica da la impresión que la influencia externa parece fundamentalmente griega. Estrabón, sin ir más lejos, señala que los iberos recibieron del mundo heleno el culto de la Ártemis efesia, con sus ritos propios. Por su parte, Plinio (Historia Natural, XVI, 215), afirma que en Sagunto existía un templo de Diana, cuyo culto habría sido importado por los colonizadores zacintios.
La evidencia arqueológica referida a los aspectos religiosos es, en cualquier caso, muy pobre. Entre los ejemplos más relevantes se encuentra una serie de thymiateria (quema perfumes) de terracota, de la zona de Alicante, que representan la cabeza de la diosa Deméter. No tienen restos de combustión, de tal manera que muy probablemente no se usaron para su específica función. Proceden de tumbas y también de contextos domésticos. No se puede atestiguar con ellos la existencia de un culto de Deméter. Ahora bien, su imagen pudo sufrir una reinterpretación por parte de la población indígena como diosa de la fecundidad y la abundancia agrícola, algo que justificaría su presencia en las viviendas, o también como deidad de ultratumba, lo que haría comprensible su hallazgo en sepulturas.
Otro buen ejemplo (Serreta de Alcoy) es un grupo en arcilla roja que pudiera representar a una diosa sentada en un trono y amamantando a un par de criaturas. Aparece rodeada de otras figuras, entre ellas un ave y un flautista. Gracias a la presencia de esta imagen, así como a la famosa Dama de Elche, se puede inferir la creencia de los iberos en una divinidad nutricia de la fecundidad, incluso de las cosechas, y en otra que sería una suerte de señora de los muertos. Esta última podría ser, incluso, un aspecto distinto de la misma diosa.
Algunas cerámicas ibéricas llevan pintadas la imagen de una figura femenina que surge de una flor y se vincula a un ave. Del mismo modo, existen ejemplos de otras en las que se observa un individuo masculino que se asocia a una hoja en forma de corazón y a un lobo o, en su defecto, un animal carnívoro[4]. Ambas figuras pueden aparecer aladas o no. La figura del lobo parece vincularse en el mundo ibérico a la idea de muerte y el Más Allá, un factor que coincide con su condición de principal depredador en la región mediterránea.
Se conoce, así mismo, por manifestaciones de época romana, el culto a un dios de los montes que, ulteriormente, se identificó el Júpiter romano. El Montgo, por ejemplo, situado cerca de Ampurias, deriva su nombre de un Mons Iovis.
Una diferencia básica en relación a la zona meridional peninsular radica en que en la zona ibérica no parecen existir santuarios rurales tan propios del sur. Se conoce la existencia de algunos santuarios “urbanos”, en coincidencia con las noticias literarias que mencionan templos dentro de las ciudades ibéricas.
El ritual o modo funerario principal en el mundo ibérico es el de la incineración. La cremación del cadáver suele hacerse en un ustrinum, junto el ajuar. Las cenizas se depositan en una urna cerámica que luego se coloca en la tumba. La forma, las dimensiones y, sobre todo, el aspecto de las tumbas varían en función de la importancia social y económica del difunto.
Las principales son las principescas, cubiertas con un monumento del tipo de los pilares, coronados en ocasiones por esculturas de esfinges, toros y leones. También son relevantes las tumbas de guerreros, en las que aparecen armas, específicamente falcatas, umbos de escudos y puñales. En las tumbas de mujeres, así mismo, se depositan espejos, ungüentarios, vasos de perfumes y demás objetos de tocador.
Por otra parte, es habitual la presencia de pebeteros o de quema perfumes en las tumbas, así como de jarros rituales de bronce. Dichos objetos ofrecen una cierta idea de unos posibles rituales, probablemente de purificación. De las célebres esculturas ibéricas, como la Dama de Baza o la Dama de Elche, cuyo contexto funerario es totalmente seguro, parece deducirse que en el mundo ibérico se creía en una deidad de los muertos, al estilo de la Perséfone griega, quizás protectora de almas y señora del inframundo.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCAB-UCV. FEIAP-UGR. Diciembre, 2017.



[1] Está bien documentado el empleo de esclavos en las minas de Cartago Nova. De aquí se infiere su uso también en las explotaciones agrícolas. Sin embargo, la presencia de población esclava parece asociada a la esfera económica cartaginesa y, por lo tanto, no sería necesariamente tan característico de la economía indígena.
[2] El pacto (fides) contraído con Escipión era de tipo personal. En consecuencia, los reyes ilergetes lo habrían considerado disuelto con el  presunto fallecimiento del general romano.
[3] El senado seria un órgano timocrático compuesto por los propietarios agrícolas de mayor renombre y por mercaderes. El pretor, por su parte, pudiera ser un magistrado electivo que presidiría el senado y haría ejecutar sus resoluciones.
[4] En dos pateras de Tivissa (en Tarragona) el umbo central se muestra decorado con la cabeza de un lobo en relieve. Una de ellas muestra, además, una profusa decoración interna con la presencia de un personaje sentado en un trono, unas figuras aladas que sacrifican un ciervo y un animal carnívoro que ataca a su presa, entre otras varias. Podría interpretarse que tales objetos rituales se habrían empleado en un determinado ritual funerario.