6 de enero de 2016

Bardos, filidh y el mundo feérico celta

Caldero de plata de Gundestrup, hallado en Dinamarca. Edad del Hierro, hacia el siglo II a.e.c. Presenta diversos motivos ornamentales relacionados con la mitología celta. Se pueden observar deidades como Cernunnos, Dagda o Taranis, y diversos animales.

Los bardos eran, a la vez, músicos, narradores e historiadores. Se trataba, básicamente  de los poetas celtas, si bien sus funciones iban mucho más allá de entretener a su audiencia, pues también eran los que mantenían viva la historia de las tribus y los clanes. Conocían las genealogías y conferían una especie de vida eterna a los grandes héroes. Eran maestros en la forma de contar historias para así producir un determinado efecto deseado. Los bardos satíricos, mencionados en las leyendas irlandesas, eran muy prestigiosos, y a la par temidos,  ya que algunos de sus versos podían acabar con la reputación de alguien, traerle mala suerte, enfermarlo e, incluso, matarlo. Además, podían hacer conjuros especiales (glam dicin) destinados a los que no quisiesen pagar sus servicios.
El repertorio de los bardos incluía diversas modalidades de historias, como muertes violentas, destrucciones y robos de ganado, viajes, expediciones, aventuras, emigraciones, asedios y batallas, cortejos, partos y banquetes, inundaciones o amores, entre otros. Muchos bardos acabaron reciclándose como trovadores de la corte. El bardo más famoso fue, muy probablemente, Oisin (Ossian en Gales), del que se decía que había penetrado en el interior de la Tierra de la Eterna Juventud.
Los filidh ofathi, por su parte, poseían algunas funciones comunes con los bardos, en concreto en lo referente a narrar los relatos históricos y épico-mitológicos que formaban el ámbito tradicional. Sin embargo, su principal función era hacer vaticinios por medio de una atenta observación. Interpretaban casi cualquier cosa, desde árboles, animales, el vuelo de las aves, nubes, estrellas, llamas y ruidos del bosque,  hasta los gritos lejanos,  juegos infantiles y los hígados de animales (a veces, seres humanos) sacrificados para la ocasión. Estas personalidades daban también consejos a los reyes.
Los seanchai eran los historiadores de la Irlanda celta (en Gales llevaron el nombre de cyfarwyddion). Además de la historia propiamente dicha, debían conocer genealogías y multitud de cuentos históricos, tal vez  una de las mejores maneras de enseñar historia a la gente, en los que abundaban las peripecias de sus héroes y villanos y sus aventuras extremas. Se convertirían, por consiguiente, en los cuentacuentos irlandeses especializados en el mundo feérico, por lo que se les consideraban con especiales habilidades para comunicarse con la daoine maite (o buena gente) o habitantes del siempre temido sidhe. Cada comarca tenía su seanchai, un hombre o una mujer de provecta edad.
Han permanecido en las tradiciones celtas las leyendas y los cuentos de multitud de seres sobrenaturales, pobladores de bosques, colinas, lagos y montañas. De todas ellas forman parte los leprechauns de Irlanda, los pixies de Escocia, los korrigans de Bretaña, las anjanas de Cantabria y los gwyllion de Gales. Tales seres feéricos eran los míticos Tuatha Dé Danann que acabaron retirándose, por voluntad propia, a un mundo paralelo (ocupando muy probablemente el mismo espacio pero en un distinto tiempo), por lo que únicamente en ciertos momentos muy específicos del calendario era posible la comunicación entre ambos mundos. No es imposible que se tratase simplemente de espíritus de muertos.
Algunas historias citan a personas que han escuchado la oran sidhe, la música del sidhe, como uno de los acontecimientos portentosos que ocurren de vez en cuando. La interpretación cristiana, por su parte, señaló a estos seres como ángeles caídos que no participaron en la rebelión de Lucifer, pero como tampoco la combatieron, padecieron una diseminación por remotos lugares, en las profundidades del mar, en el aire o en el subsuelo. Con el nombre genérico de hadas se les engloba a todos ellos. Son seres, hay que remarcarlo, de temperamento impredecible.
Además del sidhe, en origen colina, a donde se retiraron los Tuatha Dé Danann, o de la mítica Avalon (Avalanch o Isla de las Manzanas) lugar a donde fue llevado el rey Arturo, en Irlanda se creía en una serie de mundos, dimensiones y planos de existencia. Es el caso de la Otra Tierra, la Tierra de la Juventud, la Gran Llanura, la Tierra de las Mujeres, la Tierra de los Vivos, de la Promesa y Submarina, así como la Isla de los Benditos o Bienaventurados.
Una significativa cantidad de leyendas hablan de immrama, los viajes marinos a alguno de tales lugares sobrenaturales. Estas peculiares aventuras podrían referirse a descripciones de rituales iniciáticos o, quizá, a una suerte de peregrinaje interior en busca de una experiencia trascendente, en tanto que el barco simboliza la entrada en otro mundo. Los viajeros tienen, entonces, que enfrentarse a sus propias obsesiones y terrores en forma de monstruos o tentaciones que intentan apartarle de la meta, para, en consecuencia, regresar puros. Muchos, sin embargo, no tienen un final exitoso, sino que acaban con la muerte, que se considera que también es una forma de dar por completado en viaje y entrar en otro plano de existencia.
Estos periplos fueron tan populares que incluso permanecieron vigentes en la época cristiana, pero con el nombre de navigatio. El viaje de Maelduin es, probablemente, el más célebre de estos viajes. Había, asimismo, otro tipo de aventuras, en las que héroe simplemente se internaba en algún otromundo, que recibían el nombre de echtrai, como es el renombrado El viaje de Bran, en el que este personaje, y unos cuantos compañeros de fatigas, visitan la paradisíaca Isla de la Mujeres.

Prof. Dr. Julio López Saco
UCV-UCAB-FEIAP (UGR). 

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